Descentrada, vol. 1, nº 1, e011, marzo 2017. ISSN 2545-7284
Universidad Nacional de La Plata. Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación.
Centro Interdisciplinario de Investigaciones en Género (CInIG)


INTERVENCIONES POLÉMICAS / POLEMIC INTERVENTIONS

 


Las primeras damas. Los rostros femeninos de las derechas


Verónica Giordano

Universidad de Buenos Aires - Instituto de Estudios de América Latina y el Caribe (IEALC) - CONICET, Argentina
veronicaxgiordano@gmail.com


Cita sugerida: Giordano, V. (2017). Las primeras damas. Los rostros femeninos de las derechas. Descentrada, 1(1), e011. Recuperado de http://www.descentrada.fahce.unlp.edu.ar/article/view/DESe011

 

 

8 de noviembre de 2016. El mundo “sorprendido” por el triunfo electoral del polémico magnate Donald Trump en Estados Unidos.

En Argentina, el gobierno nacional que preside Mauricio Macri acompañó segundo a segundo la elección del país del norte. Era previsible tal nivel de atención. El macrismo ha depositado en Estados Unidos altas expectativas para respaldar una estrategia de gobierno de cara a los tres años de gestión que le quedan a Macri por delante para finalizar su mandato cuyos resultados económicos y político han sido hasta ahora sinuosos.

De todos los memes, snapchats, twits, posts, etc. que han circulado en las primeras horas de este día histórico, quisiéramos detenernos en un titular del diario argentino Clarín: “Hasta Melania Trump, ninguna primera dama de EE.UU. había posado desnuda” (Clarín, 9 de noviembre de 2016). En rigor, es un titular que con variantes puede leerse en varios periódicos del mundo. En la era de la globalización, la información que circula masivamente es más o menos la misma en todas las latitudes.

Antes de sumergirnos de lleno en las profundidades de los significados de esta declaración, veamos un poco la situación de las mujeres en la política en la coyuntura actual.

El acceso de las mujeres a cargos ejecutivos y legislativos es un dato que comenzó a despuntar con más vigor en la década del noventa, cuando en algunos países se estableció el cupo femenino, las cuotas o la paridad de género. Sin embargo, hay que decir que estas transformaciones no impactaron de inmediato en el aumento de mujeres ocupando cargos en las presidencias, en los gabinetes ministeriales o en las cámaras del Poder Legislativo.

En Estados Unidos, según el Global Gender Gap Report de 2015, el empoderamiento político de las mujeres es una dimensión comparativamente débil respecto de países como España. Este dato ha sido señalado por algunos especialistas por la paradójica circunstancia de ser Estados Unidos uno de los países más fuertes del mundo y España, un país europeo considerado “atrasado”.

Asimismo, según el Informe The power of parity: advancing women’s equality in the United States de 2016, elaborado por el Mackinsey Global Institute, las mujeres tienen una baja presencia en el Congreso y en el Senado, con un porcentaje que llega a un escaso 20%. Este dato también es llamativo en términos comparativos, pues el porcentaje es similar al promedio de América Latina, otro espacio considerado “atrasado” y donde según mediciones del Observatorio de Igualdad de Género de América Latina y el Caribe (CEPAL, 2010), la región tenía un promedio de representación parlamentaria de mujeres del 23 por ciento.

En este contexto, la elección de una mujer como Hillary Clinton como candidata a la presidencia por parte de uno de los dos históricos partidos en Estados Unidos ha sido un avance notable. Pero Hillary no la alcanzó. En cambio, el millonario y señalado como outsider de la política, Donald Trump, ha obtenido la victoria en las elecciones y es, hoy, el flamante presidente de Estados Unidos.

El triunfo de Hillary habría sido un hecho realmente singular en la historia política del país del norte, pues hasta hoy todos los presidentes han sido varones. Su derrota también habilita algunas interesantes reflexiones para el análisis de género del reciente fenómeno electoral. Sin embargo, quisiera postergar la observación sobre las mujer-presidenta y la mujer-candidata, para concentrarme en el análisis de los estereotipos de género que se tejen en torno a la figura de la mujer-primera dama. En particular, Melania Knauss, el rostro femenino de la derecha en Estados Unidos. Y, francamente, no solamente el rostro sino también el cuerpo femenino de la derecha pues, reiterémoslo, Melania es la primera esposa de un presidente estadounidense que ha posado desnuda en un medio masivo.

El hecho ocurrió en enero de 2000, en la versión británica de la revista GQ. Originalmente llamada Gentlemen's Quarterly, GQ es una revista masculina enfocada en la moda, el estilo y la cultura del varón. A diferencia de otras de su segmento, es considerada una revista exclusiva y sofisticada. Si bien el primer número fue lanzado en Estados Unidos, en 1957, bajo el nombre Apparel Arts (publicada en conjunto con la revista Esquire); en 1983, Condé Nast Publications se hizo cargo de GQ y su editor le cambió su enfoque y se publicaron ediciones internacionales que eran adaptaciones regionales de la original estadounidense. Según información del New York Post (NYP), el desnudo de Melania en GQ no fue el primero publicado en una revista de circulación masiva (NYP, 1 de agosto de 2016). En enero de 1996, la revista francesa Max Magazine publicó fotografías tomadas por el cuestionado playboy Alé de Basseville en Manhattan. Por entonces,Melania Knauss era sólo una bella mujer de origen esloveno posando desnuda junto a la modelo escandinava EmmaEriksson, también desnuda y en posiciones que connotaban una relación lésbica.

En 2000, cuando Melania posó para GQ, ya era la novia de Donald Trump (lo había conocido en 1998 y se casarían en 2005). Las fotos fueron tomadas en el Boeing 727 de propiedad del millonario. Desnuda, o con poca ropa en materiales metalizados, con exuberantes gargantillas de piedras preciosas y brazaletes, portando armas cromadas en plata y dorado, Melania aparecía como símbolo de la opulencia de su magnate novio. Trofeo sexual de un Trump que, por entonces, tenía 54 años.

En 2016, a propósito del triunfo de Trump (hoy de 70 años) en las históricas elecciones de Estados Unidos, el diario argentino Clarín (C) refiere a Melania de este modo:

Melania Trump será una primera dama indudablemente atípica, la segunda nacida fuera de EE.UU. y una de las pocas ex modelos, pero sin embargo busca desempeñar el papel de la manera más tradicional posible. De 46 años e imponente belleza, Melania es la antítesis de su marido, Donald, en cuanto a personalidad se refiere: es extraordinariamente discreta, siempre mantiene un tono suave y evita a toda costa verse involucrada en polémicas (C, 9 de noviembre de 2016).

La condición de extranjera (en unas elecciones teñidas de una xenofobia extrema encumbrada por el propio candidato electo) y el estatus de ex modelo son compensadas con tres características propias de un estereotipo femenino que reproduce los roles de género canónicos: tradicional, discreta y suave. Podemos suponer que cuando se trata de avalar ideológicamente la elección de Trump (o al menos no oficiar de francamente opositor), los valores asociados a su esposa son los típicamente asociados a la “buena” mujer. Estos valores la caracterizan como desapasionada políticamente (“evita a toda costa verse involucrada en polémicas), mientras que la “mala” mujer es la que pierde sus dotes “naturales”: desatiende el hogar, descuida el matrimonio y se apasiona (política o sexualmente).

Esta visión dicotómica no es muy distinta de la que los latinoamericanos pudimos observar a propósito de las actuales primeras damas de Argentina y de Brasil. Como Melania, Juliana Awada, en Argentina, y Marcela Temer, en Brasil, también han tenido ocupados a los periodistas por su apego a los roles tradicionales, pero también por su belleza (Marcela, incluso, fue elegida Miss Belleza), un atributo que señala a todas luces una mirada sobre las primeras damas como cuerpos-objetos de consumo del varón moderno, por cierto, diferente del consumo “pornográfico” del cuerpo desnudo de Melania Knauss a la vista de los críticos (y según circuló en las redes sociales, también de Marcela Temer), pero consumo al fin.

En Brasil, el 18 de abril de 2016, la archi-opositora revista Veja dedicó un artículo a Marcela Temer, 32 años, casada con el vice-presidente Michel Temer, de 75. La joven mujer fue presentada como la “quasi” primera dama, con un claro ademán de salto en el tiempo que se adelantaba a la destitución de Dilma cuando todavía el proceso que finalmente derivó en su salida estaba en curso y, por tanto, sin veredicto. Veja (V) tituló la nota sobre la esposa de Temer con tres calificativos: “bella, recatada y hogareña” (V, 18 de abril de 2016).

En Argentina, el 21 de abril de 2016, el diario La Nación se embelesó con la noticia de que la primera dama Juliana Awada hubiera posado en la residencia presidencial para la reconocida revista de moda internacional Vogue de España. El conspicuo diario La Nación (LN), “tribuna de doctrina” que imaginara su fundador Bartolomé Mitre hacia fines del siglo XIX, recalcó estos atributos de la esposa del presidente Mauricio Macri: “su pasión por la moda”, su preocupación por tener una “activa presencia en la educación de sus hijas” (Valentina, de 13 años, y Antonia, de 4), y su deseo de ser “sostén emocional” de la familia (LN, 21 de abril de 2016).

En la misma semana, dos medios masivos establecidos han ilustrado las figuras femeninas de las derechas latinoamericanas encarnando el canon moderno de mujer, encumbrando la belleza, la fertilidad, el amor. Igual que las figuraciones del reconocido diario argentino Clarín al congraciar la elección de Trump en Estados Unidos, Veja en Brasil y La Nación en Argentina se sitúan en el polo positivo de la visión dicotómica de la mujer: la “buena”. Del otro lado, quedan las otras figuraciones, la de la mujer “mala”, en las cuales esos mismos medios inscriben a las ex presidentas Cristina Fernández de Kirchner y Dilma Rousseff, despreciadas por los opositores con calificativos peyorativos: títere de doble comando, la una; ojito derecho de Lula, la otra. En la politización de la estética de estas dos mujeres despuntan apelativos tales como: Cristina, yegua; Dilma, lesbiana… Mientras que en otras, los zapatos, las carteras y las joyas remiten a la elegancia; en Cristina, han sido objeto de enérgicos repudios. Si en otras el “look” a tono con la moda es motivo de elogio; en Dilma, ha sido considerado un cambio de imagen con fines proselitistas. En esta saga, podemos inscribir al New York Post y a la prensa crítica, en general, del recientemente electo Donald Trump, que se empeñan en descalificar a Melania Trump por haber posado desnuda, en actitudes lésbicas.

También en los años noventa, las primeras damas de las derechas latinoamericanas de aquel entonces habían sido escrutadas por la prensa con similares lentes ideológicos. En 1994, la mencionada revista Veja (21 de septiembre de 1994) publicó en su tapa una foto de Ruth Cardoso, en rigor, potencial primera dama, pues su esposo Fernando Henrique Cardoso estaba en plena campaña electoral. El título de la nota de tapa era significativo: “Ruth Cardoso sai do casulo” [Ruth Cardoso sale del cascarón/capullo]. Un título que no se condice con la trayectoria profesional de esta mujer en el campo académico: era antropóloga formada en la prestigiosa Universidade de São Paulo y había cursado estudios de posgrado en Berkeley, en Estados Unidos.

En el mismo número, en la sección de entrevistas, Veja dialogó con Susana Higuchi, ex esposa del presidente peruano Alberto Fujimori. El título ponía en cuestión, precisamente, el rol de la mujer esposa de un presidente: “¿Para que serve, afinal, uma primeira dama?”.

En los dos casos, las mujeres en cuestión eran retratadas como reservadas, tímidas, discretas… ¡Igual que hoy Juliana, Marcela y Melania!

Susana Higuchi, sin embargo, no era cualquier primera dama. Sus aspiraciones pol íticas fueron parte del enredo mediático que envolvió su divorcio. Veja matizó sus características típicamente femeninas, de la “buena” mujer, con otras también típicamente asociadas a la mujer “desviada”: despechada, enredada en acusaciones que alcanzaron tonos de verdadero escándalo mediático.

Susana Higuchi había denunciado a su marido por corrupción después de que éste hubiera pasado una ley que prohibía a los parientes del jefe de estado presentarse a elecciones, algo que precisamente estaba en los planes de Susana. La nota de Veja daba a entender ciertos reclamos feministas de parte de la frustrada esposa, que declaraba “Alberto es machista” y que denunciaba que la ley estaba del lado del varón y, por tanto, no podía acceder a la guardia de dos de sus cuatro hijos. Pero increpada por Veja sobre si se consideraba o no feminista, Susana respondió que no le gustaban los “extremos”, que estaba a favor del “diálogo”. Veja promovía las candidaturas femeninas, porque se adjudicaba visiones “modernas” de la política, pero no avalaba el feminismo (feminismo que, por otra parte, ocultaba en la figura de Ruth, que compartía ciertas visiones con mujeres feministas de su país).

Supuestamente, la corrupción del gobierno de Alberto Fujimori había sido el móvil que había llevado a Susana a confrontar con su marido. De acuerdo a la entrevista, Susana no se presentaba como candidata por vocación política, sino por vocación moral. Una vez más, Veja reforzaba la figuración de la “buena” mujer, la desapasionada. Nada decía la nota sobre el hecho de público conocimiento de tener Alberto una amante y un hijo extramatrimonial. Susana era una esposa despechada por el autoritarismo de su esposo. Algo así como una mujer dispuesta al sacrificio de involucrarse en política por la felicidad de los demás.

En el caso de Ruth Cardoso, esposa de Fernando Henrique, se reiteraron los adjetivos relativos a la discreción y se explicitaron los rasgos del perfil de mujer subordinada a la figura del varón fuerte y poderoso. Pero lejos del estereotipo de la despechada justificada por una “buena” causa, Ruth fue retratada como el complemento perfecto de su pareja. Veja refirió a la decisión de Ruth de permanecer en São Paulo educando a sus hijos cuando su marido dejó la sociología e incursionó en la política y se trasladó a Brasilia. Incluso, refirió el involucramiento de Ruth en la campaña de su marido, señalando su condición de antropóloga urbana que ahora dedicaba su trabajo de campo adentrándose en los problemas de los movimientos comunitarios en la periferia paulista. Como Susana en Perú, Ruth era despojada de su vocación política (aunque más no sea en tanto primera dama) y ensalzada en su rol maternal y de vocación de servicio. Y, probablemente, Ruth no despuntó su costado más crítico en esta nota de Veja por encontrarse su marido en plena campaña electoral.

La pregunta utilizada por la revista brasileña para abrir la nota sobre Ruth Cardoso: “Numa sociedade moderna, qual o papel da mulher com perfil próprio quando parceira de um marido presidente?”, tiene dos derivas según si el “perfil propio” refiere a una aspiración política (Susana, la esposa abnegada devenida candidata despechada) o a una profesión liberal (Ruth, la antropóloga urbana dedicada a las tareas solidarias). Pero, en ambos casos, la figuración ponderada por Veja responde al canon tradicional de madre y esposa que sacrifica el perfil propio en pos de la familia.

¿Cómo encaja Melania Knauss, hoy Mrs. Trump, en esta saga? En tanto primera dama, Clarín recupera la visión que la prensa internacional más ha difundido en favor de ella y afirma:

Su “causa” –todas las primeras damas tuvieron una— serían `los más necesitados, sobre todo las mujeres y los niños`, pero reservaría tiempo para dedicarse al único hijo del matrimonio, Barron, de diez años, y a apoyar a su esposo.

Cuando las mujeres políticas tienen aspiraciones propias, como Dilma, Cristina y Susana Higuchi, los calificativos se encolumnan en el polo negativo: son “malas” mujeres, apasionadas, con hogares desquiciados, con cuerpos alienados (que no les pertenecen: títere de doble comando, ojito de Lula, modelos hot). Cuando las mujeres políticas entran en la escena de la política en tanto primeras damas (disciplinadas, como Melania y Marcela que abandonaron sus lides de modelo), los calificativos se encolumnan en el polo positivo: nada se dice que las menosprecie por “acompañar” a varones prominentes sino que, por el contrario, es la capacidad de “acompañar” con afable carácter lo que las convierte en centro de los elogios. Y ahí están: Juliana Awada cuidando de su huerta en la casa presidencial, Marcela Temer impulsando una causa a favor de la primera infancia, y ahora Melania Trump dando sus primeros pasos en la vida pública y evaluando si continúa con el programa contra el bullying iniciado por Michelle Obama hace unos años.

Las recientes figuraciones de las esposas de Mauricio Macri, en Argentina; de Michel Temer, en Brasil; y de Melania Trump, en Estados Unidos; proponen un interesante rodeo sobre la relación entre estética y política. De los años noventa hasta acá, hubo muchas derivas para desencorsetar a las mujeres de las visiones canónicas que las confinaban en una participación política mediada por el varón. Como primeras damas, Juliana, Marcela y Melania resitúan a la mujer en la política y nos traen el mismo ropaje: un corset a la moda actual, igualmente disciplinador que el de antaño.


 

Fecha de recibido: 17 de noviembre de 2016
Fecha de aceptado: 22 de diciembre de 2016
Fecha de publicado: 20 de marzo de 2017



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