Descentrada, vol. 10, nº 1, e282, marzo - agosto 2026. ISSN 2545-7284Dosier
Un archivo fundacional. La autobiografía de “La Bella Otero” en el contexto transnacional hispano-argentino de principios del siglo XX
Resumen: Este artículo tiene como objetivo ofrecer una reevaluación de la autobiografía de “La Bella Otero”, alias con el que fue conocido el español Luis D. / Culpiano Álvarez en el Buenos Aires de principios del siglo XX y que remitía al nombre artístico de Carolina Otero, célebre actriz de variedades de aquellas décadas. Publicada en los Archivos de Criminología, Medicina Legal y Psiquiatría por el Dr. Francisco de Veyga en 1903, ha sido considerada entre buena parte de la crítica reciente como un egodocumento de indudable relevancia para trazar una genealogía trans argentina. Un análisis que incorpore factores complementarios –como el origen de esta persona, su condición emigrante y el contexto histórico-cultural en que desarrolla su periplo vital– puede arrojar nuevas luces para comprender la originalidad de su testimonio, el cual es pieza fundacional de los archivos de la disidencia sexo-genérica en el Cono Sur.
Palabras clave: “La Bella Otero”, Travestismo, Autobiografía, Historia trans en Argentina, Estudios de género.
A Founding Archive: The Autobiography of “La Bella Otero” within the Hispanic-Argentine Transnational Context in the Early XX Century
Abstract: This article aims to offer a re-evaluation of the autobiography of "La Bella Otero," the alias by which the Spaniard Luis D. / Culpiano Álvarez was known in early 20th-century Buenos Aires, which referred to the stage name of Carolina Otero, a celebrated variety actress of those decades. Published in the Archivos de Criminología, Medicina Legal y Psiquiatría by Dr. Francisco de Veyga in 1903, it has been considered by many recent critics to be an ego-document of undeniable relevance for tracing an Argentine trans genealogy. An analysis that incorporates complementary factors—such as the origin of this person, her status as an emigrant, and the historical-cultural context in which her life unfolded—can shed new light on understanding the originality of her testimony, which is a foundational piece of the gender dissidence archives of the Southern Cone.Keywords: “La Bella Otero”, Transvestism, Autobiography, Trans History in Argentina, Gender Studies.
1. Introducción
Para Jorge Luis Peralta,
quien me descubrió a esta “Bella Otero” y sus amigas.
Las páginas publicadas por el Dr. Francisco de Veyga en el año 1903 con el título “La inversión sexual adquirida. Tipo profesional: un invertido comerciante”, en los Archivos de Psiquiatría y Criminología Aplicadas a las Ciencias Afines…, han sido revisadas por la crítica durante las últimas décadas como uno de los testimonios más singulares que poseemos en torno a la configuración de las identidades “homosexuales” y “trans” en el Buenos Aires de finales del siglo XIX y principios del XX. De hecho, según afirmaba Osvaldo Bazán (2006, p. 108) en su Historia de la homosexualidad en la Argentina, esta revista, editada entre 1902 y 1913, debiera considerarse “el mejor registro que nos ha quedado de la vida marica a principios de siglo”, pues por sus páginas transitan muy diversas personas que informaron al Dr. Veyga, profesor de Medicina Legal, sobre sus peripecias vitales y eróticas en los márgenes sociales y sexuales: “Aurora”, “Aída”, “Rosita de la Plata”, “Manón” y “La Bella Otero” se cuentan entre ellas (Veyga, 1902a, b, 1903a, b, c y 1904). Justamente, el artículo al que aludo alberga un breve documento, calificado como autobiográfico, de quien es presentado como “Luis D.” / “La Bella Otero” y que refleja, de manera solo hasta cierto extremo insólita, parte de un universo del que disponemos de escasos testimonios en primera persona.
Las razones del interés “psiquiátrico” y “criminológico” resultan de sobras conocidas, como resultan claros los ecos en producciones culturales dispares, según confirma la primera parte de la monografía de Adrián Melo (2011, pp. 59-138). En lo que atañe a nuestros Archivos, debemos recordar que
El lidiar de la medicina y el derecho con los cuerpos/identidades ambiguas no es propiedad de este siglo. Los primeros registros argentinos acerca de las por entonces llamadas “desviaciones sexuales” provienen de los últimos años del siglo XIX y principios del XX y pertenecen al campo del derecho penal y de la criminología. Fueron los médicos criminólogos quienes encabezaron las investigaciones de los desvíos sexuales. Comprometidos directa o indirectamente con concepciones políticas y económicas sobre el desarrollo de la nación, no dudaron en asociarlos “científicamente” al delito. La construcción de la nación imponía en Argentina un ordenamiento político y social del género y la sexualidad. La unidad territorial, la organización del mercado de trabajo, la regulación de los conflictos de clase, la integración del inmigrante, eran tareas que demandaban un tratamiento de las “desviaciones sexuales” para el que los médicos criminólogos de la época fueron forjando herramientas que pasaron a formar parte de los dispositivos estatales de regulación social. (Fernández, 2009, p. 90)
Los nombres asumidos citados avanzan parte del interés actual. Si bien para el médico que los recopiló constituían muestras que iluminaban un variado catálogo de tipologías de “inversión sexual” presentes en la capital argentina, a la zaga de cuanto se investigaba en Europa desde el último cuarto del siglo XX, para los estudiosos más recientes los relatos de vida recogidos en estos Archivos devienen muestras de una realidad marginada, patologizada y criminalizada, que conviene recuperar. Así, Daniel Bao, quien analizase con atención tanto estos trabajos médicos como textos periodísticos y literarios argentinos de las dos primeras décadas de la pasada centuria en torno a los discursos sobre la construcción de la “inversión sexual”, subrayaba las notables similitudes entre la Ciudad de Buenos Aires y otras grandes urbes europeas y estadounidenses: “At the turn of the century, a developed Argentine subculture of inverts had meetings places, their own argot, fashion, and sexual tastes and customs” (Bao, 1993, p. 208). Evidentemente, además, no podemos obviar que una revista como estos Archivos nació al calor de un contexto histórico concreto, en donde se combinaban la explosión demográfica y los temores de las elites gobernantes; el mismo que permitía al Dr. Francisco de Veyga disponer de un despacho para sus investigaciones en dependencias policiales, como vía óptima para confirmar, en palabras de Juan José Sebreli (1997, pp. 284 y 287), que
[e]l prejuicio de las clases altas tradicionales contra el inmigrante cargaba en éste todas las características de la mala vida, incluida la homosexualidad. […] La ideología paracientífica de estos médicos legistas, higienistas, psiquiatras y criminólogos reforzaba el accionar de las fuerzas represivas y justificaba el incremento del poder militar sobre la sociedad civil.
El renovado interés hacia estas piezas también obedece a su extraña calidad para trazar la genealogía de una cultura de la disidencia sexual en absoluto extinta en la Argentina. Por tan importante razón, Josefina Fernández incorporó el testimonio autobiográfico de “La Bella Otero” a manera de pórtico de la segunda parte (“La voz de las travestis”) de su monografía pionera sobre travestismo e identidad de género; por tan poderoso motivo, en sus conclusiones establecía el siguiente paralelismo: “Como la ‘Bella Otero’, las travestis transforman esos estereotipos [la vedette y la prostituta] en muecas burlonas que pretenden desnudar la hipocresía de políticos/as, vecinos/as e instituciones sociales” (Fernández, 2004, p. 190).
Tal apreciación no se antojaría un anacronismo si valorásemos los resultados de una de las investigaciones que mejor retrataron aquella escena y aquella época. Me refiero a médicos maleantes y maricas. Higiene, criminología y homosexualidad en la construcción de la nación Argentina (Buenos Aires: 1871-1914) (sic), de Jorge Salessi (1995), en donde leemos:
El discurso de los homosexuales, las voces e historias, fábulas, leyendas y delirios, a los que tanto temía Veyga, se abrieron paso en los textos de los médicos y desde ahí, desde adentro, infiltrados, socavaron el discurso “científico”. Ese juego de erosión interior llegó a desplazar la voz del hombre de ciencia en un texto que, utilizando la forma de la autobiografía, parodió estas historias clínicas o “casos”. La voz de La bella Otero se apropió del espacio de la escritura y, al mismo tiempo que hacía una parodia del discurso de los hombres de ciencia, utilizó ese mismo espacio para dejar los rastros y artefactos de su cultura. En la “Autobiografía” de La bella Otero, como en página tras página de los mismos Archivos, los maricas, invertidos, homosexuales, pederastas y uranistas preservaron y difundieron su cultura y su lengua y dejaron documentadas las estrategias de resistencia que adoptaron en su lucha contra este sistema médico legal policial. (Salessi, 1995, p. 305)
Las páginas de esta investigación resultan indispensables para conocer dichas “estrategias de resistencia” y a ellas debe acudir quien desee profundizar en las características tipológicas de los Archivos, sin las cuales no se entenderá la subversión aparentemente practicada. Y es que, a juicio de Salessi –y, tras él, de muchos estudios que han incidido en la memoria de la masculinidad disidente que exploraría la autobiografía de “La Bella Otero”–, existiría una quiebra consciente del modelo médico.
Esta interpretación deriva de la circunstancia de que los informes sobre los “invertidos” que aparecieron en los Archivos poseían una estructura tripartita inflexible. En el caso de “la Bella Otero”, la publicación del testimonio autobiográfico junto a tres fotografías supondría un curioso ejemplo “de la seducción del hombre de ciencia” (Salessi, 1995, p. 318), pues su voz habría reemplazado la del médico:
La bella Otero utilizó la estructura tripartita de los casos que construían los criminólogos, con su introducción, su historia clínica en el centro y su conclusión. Pero la introducción de La bella Otero era una representación paródica de uno de los modelos de mujer argentina que proponía el discurso hegemónico: una madre de una presunta aristocracia católica, devota, que no obstante su viudez se mantenía dentro de las normas que exigía la respetabilidad burguesa […]. En el centro del texto, donde debía estar la historia con la evidencia que documentaba la “verdad” del discurso científico, la matrona aristocrática de la introducción, con un corte violento, subrayado por cambios de género y de espacios, se transformó en un invertido moviéndose con los flujos de la deriva homosexual. […] Después del poema en el que la verdad de las prácticas sexuales homosexuales parodiaba la “verdad” de las historias clínicas de los médicos, La bella Otero […] volvió a adoptar en su conclusión la voz de una mujer pero entonces para presentarse con la voz de su homónima, que era una famosa actriz de los escenarios internacionales, conocida de América a Europa por la notoriedad de su vida escandalosa. (Salessi, 1995, pp. 323-324)
Aunque el texto de “La Bella Otero” resulta conocido, creo que se entenderá mejor cuanto he sintetizado hasta ahora si lo incluyo como apéndice documental dentro del presente trabajo, junto a la transcripción del artículo del Dr. Veyga (1903c), pues, a mi entender, no cabe renunciar a las informaciones biográficas proporcionadas por el científico en beneficio exclusivo del documento en primera persona facilitado por nuestra protagonista.
Tanto las anotaciones del Dr. Veyga como el recuento de “La Bella Otero” han sido atentamente analizados por Daniel Bao (1993) y Jorge Salessi (1995, pp. 320-331), a cuyos trabajos remito como inicio de cualquier investigación, pues aclaran muchos detalles cuya significación hoy puede escapársenos, empezando por los lingüísticos y textuales. También resulta imprescindible recuperar la tesis doctoral de Pablo Ben (2009) sobre la sexualidad en las clases populares porteñas durante aquellas décadas y las páginas de Juan José Sebrelli (1997, pp. 282-294) en su “Historia secreta de los homosexuales en Buenos Aires”, pues ofrece una contextualización en torno a la “mala vida” de fines del siglo XIX y principios del XX que no debe obviarse. En fechas más recientes y con nuevos enfoques, Patricio Simonetto (2024, p. 31) ha recuperado este y otros testimonios argentinos que “take the risk of creating an alternative history that focuses on the transgression of gender frontiers beyond erotic practices”.
Recordar el volumen titulado La mala vida en Buenos Aires (1908) –en donde su autor, el criminólogo Eusebio Gómez, recuperaba parte del testimonio de “La Bella Otero” publicado en los Archivos– resulta sumamente estimulante para valorar el eco y la presencia de su impostura, como también lo es leer la crónica de Juan José Soiza Reilly para la revista Fray Mocho a la altura de 1912 (s.p.). Casi una década después de su primera aparición, “La Bella Otero” aparecía descrita de la siguiente guisa en una pieza enmarcada en la serie “Buenos Aires tenebroso”:
“La Bella Otero” es un lunfardo que se disputa con “La Princesa de Borbón” el prestigio popular de su carrera artística. Es un muchacho de Cádiz y pertenece a una buena familia. Se llama Culpiano Álvarez. Hasta la última intervención policial, vivía en la calle Jujuy, 890, donde tenía una cámara roja de adivina. Suele emplearse como mucamo en casas ricas. Se apodera de tarjetas de señoras y señoritas. Se viste de mujer y luego visita a mucha gente a la que engaña con subscripciones valiéndose de las mismas tarjetas robadas. Secuestra niños. Ha hecho versos, que en agosto de 1903 regaló al Dr. Francisco de Veyga.
Si aceptamos que la identificación de Soiza Reilly fuese correcta, como sugiere la última frase, nos encontraríamos con una semblanza biográfica muy diferente a la expuesta en los Archivos: descubriríamos su verdadero nombre (que ya no sería “Luis D.”) y su origen gaditano, que no madrileño, por ejemplo; también constataríamos su aparente alejamiento del universo prostibulario en donde le ubicaba casi una década antes el Dr. Veyga y su reincorporación al servicio doméstico en calidad de mucamo. Todo aparece convenientemente mezclado: se nos habla de “carrera artística”, de “adivina”, pero también de raptos y hurtos… La comparación con “La Princesa de Borbón” nos remite, inevitablemente, a la pieza teatral Los invertidos (1914), de José González Castillo, y al universo que describe (Peralta, 2017, pp. 53-83). Algo que, sin embargo, no sufre alteración es su origen. Por esta razón resulta curioso, a mi entender, que las aproximaciones citadas no hayan incidido de forma más atenta en su condición (trans)emigrante, habida cuenta de que, además, su alias remite orgullosamente al nombre artístico de una de las estrellas españolas más populares de aquellos tiempos que cubren cronológicamente las piezas de los Archivos y Fray Mocho: Carolina Otero (1868-1965).
2. Una identidad transhispánica
A lo largo de las páginas siguientes, brindaré diversas reflexiones e informaciones que complementan o reevalúan algunas de las consideraciones críticas hasta ahora expuestas, así como otras aportaciones que, a mi entender, se antojan un tanto extemporáneas, como sería afirmar que “La Bella Otero argentina no era aquella mujer de origen español, establecida en Francia. Personaje destacado de la Belle Époque francesa en los círculos artísticos y la vida galante de París. La Bella Otero argentina era la versión sudaca” (Maglia y de Abrantes, 2010, p. 8). Si aceptamos los testimonios conservados, dotar de una identidad “sudaca” a Luís D. / Culpiano Álvarez no parece acertado. Empezando por su “autobiografía”, pues, aunque siempre quepa poner en tela de juicio la veracidad de cualquier testimonio en primera persona, elegir precisamente este elemento podría resultar estéril a múltiples efectos, ya que equivaldría a ignorar los vasos comunicantes que nutren tantas experiencias de las sexualidades disidentes a lo largo y ancho del siglo pasado.
Y puede ser desacertado porque, ayer como hoy, las rutas de las migraciones y los sexilios, así como sus diversas textualizaciones, han conocido múltiples direcciones: de norte a sur, de sur a norte, de oeste a este y de este a oeste, interiores y exteriores, dependiendo de condicionantes individuales y colectivos. Pienso, por ejemplo, en “Aurora”, “invertido de tipo profesional” de origen paraguayo, estudiada por el Dr. Veyga en otro volumen de los Archivos; pienso en un caso mencionado por Bao (1993, p. 192), coetáneo al nuestro, procedente de un volumen titulado La mala vida en Barcelona (1912):
Citaré el caso de un cocoto, que relató la prensa local. Se trata de La Teresita. Expulsado de Buenos Aires, Chile, Bolivia y otros estados americanos, desembarcó en La Coruña en marzo de 1911. Su verdadero nombre es Rojo. Tiene 30 años y es hijo de un antiguo comerciante; es afeminado y no mal parecido. Disfrazado de mujer y vistiendo elegantísimos trajes, se dio maña para conquistar a no pocos americanos, recibiendo cuantiosos regalos… En Buenos Aires, se instaló fastuosamente en la calle de Belgrano y daba grandes fiestas y saraos, en los que se presentaba vistiendo trajes femeninos de un lujo escandaloso.
Si avanzáramos en el siglo, podríamos recordar al andaluz Miguel de Molina (1998) y a la chilena Malva (2010), por citar solo dos trayectorias (auto)biográficas muy conocidas que tuvieron uno de sus epicentros vitales en la Ciudad de Buenos Aires.
Si aceptamos que, al igual que Carolina Otero, la “Bella Otero” argentina pudiera ser gallega, podríamos empezar valorando un contexto urbano evidente, sea en la Puerta del Sol madrileña o en las calles gaditanas. A la altura de 1901, Constancio Bernaldo de Quirós y José María Llanas Aguilaniedo publicaban La mala vida en Madrid, en cuyas páginas encontramos una sección dedicada a las “Formas de inversión sexual y las con ellas relacionadas” (Bernaldo y Llanas, 1901, pp. 259-285), que remite a personas como las descritas por el Dr. Veyga en los Archivos. Algunos de sus nombres formarían parte de la misma onomástica sentida a miles de kilómetros de distancia: “La Rosita de Plata”, “La Embajadora”, “La Aurora”, “Aida”, “Paca la Salada”… De “La Tonta del Rastro”, por ejemplo, dependiente de comercio de 22 años, se nos explica: “Hasta los catorce años estuvo en un colegio dirigido por sacerdotes; juegos místicos (altarcitos, bautizos, etc.); fue aprendiz de sastre; ano infundibuliforme; pene pequeño […] nunca ha efectuado coito heterosexual; conatos, tactos, y, por último, unión homosexual, como pasivo” (Bernaldo y Llanas, 1901, p. 264).
La singularidad de un individuo como nuestra “Bella Otero” leído en este contexto obtiene un calado comunitario transhispánico –o, al menos, que interrelaciona biografías, prácticas y saberes comunes en España y Argentina–, pues en la valoración general de este grupo los autores afirman:
Su inversión es principalmente psíquica en lo relativo al capítulo de la vida sexual, inversión a la cual se agrega, en los súcubos especialmente, la adaptación artificial a las maneras femeninas. La pasión de copiar lo femenino los lleva a designarse con apodos mujeriles, y a considerarse mutuamente como queridas unos de otros, sin que ninguno emplee la palabra en su desinencia masculina. Gustan vestirse y adornarse como las mujeres de las clases a que pertenecen, y muchos procuran hacerse hábiles en labores y trabajos femeninos […]. Pero donde más se manifiesta su deseo impotente de volver a la ansiada feminidad de que los desterró un error de la Naturaleza, o una desviación posterior, […] es en la institución de las bodas, los partos y bautizos que han creado como fiestas peculiares de su mundo, formado por afinidad y relación entre los elementos dispersos de esta gente que se encuentran en todas las clases de la sociedad. (Bernaldo y Llanas, 1901, pp. 279-282)
La mala vida en Madrid, también con abundante material fotográfico, constituye un excelente archivo, a pesar de su modestia, para revelarnos esa vida otra y para reflexionar sobre los discursos transnacionales hispánicos en torno a la “mala vida” a principios del siglo XX según estudiase Richard Cleminson (2009).
Por otra parte, y sin querer incidir en esta vertiente, resultaría pertinente recordar cómo en el Cádiz de fines del siglo XIX existió una poco frecuente ordenanza municipal sobre la prostitución masculina (Vázquez García y Cleminson, 2011, pp. 233-245). Esta ciudad portuaria andaluza pudo llegar a calificarse como “el Reino de Sarasa” por este motivo en la prensa de la época:
En el trabajo que hicimos cruzando los padrones municipales gaditanos (entre 1888 y 1891) con las direcciones de las “casas toleradas”, recogidas en los libros de la Hacienda Municipal, verificamos la asidua presencia de hombres alojados en los prostíbulos. Aunque una parte de ellos eran parientes del ama, en muchos otros casos se trataba de individuos de profesiones modestas (albañiles, jornaleros, dependientes, camareros, artesanos varios) y de una edad situada mayoritariamente entre la veintena y la cincuentena. Es posible, como conjeturamos en su momento, que el burdel pudiera funcionar eventualmente como fonda barata, pero es seguro que parte de esta población masculina correspondía a esos “sirvientes de burdel” cuyo registro dio lugar al escándalo. (Vázquez García, 2017, p. 10)
El hecho infrecuente de que una persona como Luís D. / Culpiano Álvarez sea bautizada informalmente con un sobrenombre de una artista como “La Bella Otero” podría ser un factor que ratificase sus orígenes españoles. La práctica más común de nominación es que estos alias remitan menos a personas reales que a personajes, profesiones o conceptos muy diversos que tienden a idealizar un prototipo tradicional de feminidad. La sofisticación del engaño resulta, de entrada, tan rara como pretenciosa; probablemente, ciertos rasgos físicos o cierto acento propiciarían la atribución. Sin embargo, que la apropiación artística quiera transformarse en realidad objetiva resulta jocoso: “He estado en París, donde bailé en los cafés-conciertos dándole mucha envidia a otra mujer que usa mi mismo nombre para pasar por mí”. Podría, entonces, entenderse como un nombre de uso comunitario y como un nombre artístico reapropiado.
Esta reapropiación puede denotar la personalidad de quien está acostumbrada a lidiar por las calles de Buenos Aires. Frente a la abundante información biográfica “veraz” transcrita por el Dr. Veyga, que omite el trayecto desde Europa hasta Argentina, pero a la que se concede un crédito que merece la publicación en una revista como estos Archivos, la autobiografía aparece como una “ficción” que certificaría “la vanidad y la mentira”, una “mediocre inteligencia nativa”, el “temperamento inestable” o el “carácter tornadizo e infantil” previamente destacados. El documento autobiográfico, en definitiva, sería la mejor carta de presentación del perfil psicológico de quien ejerce profesionalmente la “pederastia” de tres años a esta parte.
Pero el recuento de “La Bella Otero” también debe valorarse como una representación, pues mostraría, además del “orgullo” (o insensatez) de quien entrega una mixtificación imposible, unos papeles de artista. A mi juicio, la “autobiografía” no es tal: es una suma de breves sketches cómicos, al inicio, o de puros chistes y anécdotas, al final, para ser memorizados y declamados. El poema, en su centro, es un sencillo número musical que podría ser interpretado e incluso cantado con una melodía popular, si valoramos su ritmo, rima y estructura: estrofas de cuatro versos decasílabos cuyos versos pares riman en asonante (un romance largo y popular, según como se mire). Quiero con ello sugerir que me parece harto improbable que una persona como Luís D. / Culpiano Álvarez posea el bagaje intelectual que, implícitamente, le asigna Jorge Salessi. Estaría de acuerdo, por consiguiente, con la propuesta de José Ignacio Allevi (2017, s.p.), según la cual, la aceptación de la tesis del autor de médicos maleantes y maricas “implicaría dotar de significación y voluntad política a las respuestas que los travestis brindaban a De Veyga, cuando en realidad se encontraban frente a una iniciativa desconocida para ellos de taxonomización y patologización de su comportamiento”.
¿Por qué entrega “La Bella Otero” este documento y las fotografías al Dr. Veyga? A mi entender, por una muy poderosa razón: porque quería serlo. Este querer ser, en absoluto patológico, sería el fundamento de toda la estrategia discursiva de la “autobiografía” y de las fotografías que entregó al científico. No creo que nuestra “Bella Otero” intentara burlarse de una autoridad que ostentaba el poder en muy diversas órbitas; de alguien, en definitiva, que podía contribuir a acrecentar su fama: recuérdese que su objetivo era “sin disimular mucho su deseo de figurar como caso clínico en el libro que preparamos sobre los invertidos sexuales”. Es aquí donde se prueba la inteligencia y las municiones de Luís D. / Culpiano Álvarez, quien sabía de la relevancia de figurar en letras de molde y ser reconocido mediante fotografías profesionales para expandir su celebridad y mejorar su estatus económico. Su bagaje no remite a la cultura docta sino a la cultura popular, en donde encontraría las enseñanzas de Carolina Otero, difundidas por todo tipo de prensa e imágenes a las que fácilmente habría tenido acceso en España y/o en Argentina.
En este sentido, un “invertido” (hispano)argentino de principios del siglo XX se emplazaría en los albores de una cultura del consumo que tal vez imaginemos mejor a partir de la difusión del cinematógrafo. Esta cultura popular estaría anticipando el fenómeno que analiza Ernesto Meccia en un trabajo sobre la homosexualidad y las comunidades interpretativas en el cine argentino clásico:
La pasión de los homosexuales y los gais por las divas (del cine, de la ópera y otras superficies de inscripción textual) es un fenómeno conocido, que, hasta el momento, no ha merecido demasiada atención por parte de la crítica. Probablemente, las divas y los fans aún sigan perteneciendo al universo de los “objetos indignos” de las Ciencias Sociales. Sin embargo, como sociólogo, quiero decir, como un intelectual particularmente atento a la sociabilidad, he observado con interés cómo las viejas películas y sus protagonistas mujeres funcionan como actantes facilitadoras de acción social y comunicación […]. (Meccia, 2019, p. 195)
Las grandes divas del cine de Hollywood –y de cada cinematografía nacional concreta– fueron objetos de admiración para generaciones de “invertidos”, “maricas”, “homosexuales” y “gais” a lo largo del siglo XX: basta recordar su impronta en un narrador argentino como Manuel Puig para corroborarlo. Pero antes de que las estrellas del séptimo arte ocuparan ese espacio central en el imaginario de género de tantas personas sexodiversas, surgieron otras celebridades de alcance internacional que, como Carolina Otero, lo habían creado.
Si bien es cierto que Otero no actuó en Buenos Aires hasta 1906, su proyección pública en Europa, Estados Unidos e Hispanoamérica, a través de todo tipo de publicaciones (no solo periódicos y revistas, sino, además, toda suerte de postales o carteles), debe considerarse impresionante desde finales de la penúltima década del siglo XIX; entre 1895 y 1900 sus bailes y espectáculos fueron grabados por las productoras de Edison o Lumière (Fernández, 2001). Su imagen pública venía acompañada del relato de una vida escandalosa a través de crónicas y entrevistas, que no pocas veces se contradecían. Esa ficción biográfica culminaría con la publicación de un volumen en 1926, a caballo entre la novela y la autobiografía. De ella afirma Helena González Fernández (2008, p. 153) que “Carolina Otero no dudó en anteponer la ficción a lo vivido”, en lógica consonancia con la estela previa de “confesiones” desperdigadas en la prensa de medio mundo, como consecuencia de la irradiación de sus éxitos en las capitales europeas, de París a San Petesburgo, y americanas, de Nueva York a Buenos Aires. La propia González ofrece una semblanza que resulta especialmente interesante si la interrelacionamos con la personalidad de su homónima en Argentina:
La Bella Otero es uno de los iconos eróticos más populares de la Europa fin-de-siècle. Ella misma contribuye a aumentar su propia fama simulando un relato autobiográfico que se acomoda al modelo de mujer española apasionada que triunfa en Francia a partir del mito de Carmen y, por lo tanto, es vista como una variante racial de la femme fatale, una de esas mujeres-objeto atractivas pero sumamente peligrosas para los hombres. Este concepto había sido elaborado por el imaginario patriarcal de aquel momento como reacción contra las mujeres que no se sometían a los estereotipos femeninos domesticados y atentaban contra la normativa hegemónica. Sin embargo, la Bella Otero es consciente de la imagen que quiere proyectar, la constituye y la gestiona en beneficio propio. (González Fernández, 2008, p. 145)
Me interesa subrayar ahora que este trabajo recién citado se titula “La identidad como simulacro”. Ambos conceptos como parte del contenido remiten, a mi juicio, a la utilería manejada por Luís D. / Culpiano Álvarez para presentarse ante un Dr. Veyga que la disecciona en términos patológicos al no advertir un factor esencial: la identidad que se recoge en los apuntes biográficos constituye un crescendo de noticias que estaría imitando el obvio modelo original. “La Bella Otero” de Buenos Aires es española, apasionada, se sabe deseada, tiene éxito en su escandalosa vida y no se somete al patriarcado. Más aún: a pesar de su condición lumpen, es consciente de la imagen que quiere proyectar, la constituye y la gestiona en beneficio propio. Como Carolina Otero. “La Bella Otero” de Buenos Aires “opened spaces for both elite and popular conversations around the erotic. She asserted her own complex sexual desires and gender formation despite the efforts of professionals, the press, and police to pathologize, reinterpret, and ridicule her” (Yarfitz, 2024, p. 3).
Otero no fue un caso excepcional, pero sí uno de los más populares a nivel internacional, que bien pudo ser fundacional para la construcción de una identidad sexodiversa como la de un emigrante español en el Buenos Aires de finales de siglo. Allí, como en España, se estaba asistiendo a una transformación del orden erótico: “también las cupleteras que lucen peineta y mantilla se inclinan cada vez más por la ambigüedad sexual y desafían abiertamente esa radical diferenciación de los géneros como uno de los pilares fundamentales de la identidad de la nación” (Zubiaurre, 2014, pp. 323).
Isabel Clúa (2016, pp. 8 y 9) ha destacado los diversos factores que tejieron una “cultura de la celebridad” desarrollada durante el último cuarto del siglo XIX “al hilo de cambios generalizados como la aparición del ocio, la espectacularización de la vida cotidiana o el desarrollo incipiente de las industrias culturales” y que favoreció la incorporación de mujeres a los espectáculos populares, como los cafés-conciertos, los music-halls o los teatros de variedades. En su monografía destaca cómo la idea de excentricidad fue un valor al alza, cómo los imaginarios nacionales desempeñaron un papel de enorme resonancia y cómo el desarrollo de la fotografía constituyó un factor de primer orden en esta nueva fase de la sociedad de la imagen. Una frase define a la perfección el giro copernicano:
La irrupción de la fotografía permite expandir masivamente la presencia de las artistas más allá del escenario, lo que tiene una consecuencia fundamental: la posesión de un talento artístico queda en segundo plano puesto que el objeto de interés ya no es la capacidad de la intérprete sino su identidad. En ese sentido, muchas de las artistas [Carolina Otero, Cléo de Merode, Sarah Bernhardt, Rosario Guerrero o Tórtola Valencia] utilizarán la fotografía como medio privilegiado para construir esa identidad pública, hecho que, entre otras cosas, problematiza considerarlas como objeto de consumo puramente pasivo que se limita a mostrarse tal cual se espera. (Clúa, 2016, p. 10)
Evidentemente, las imágenes de “La Bella Otero” y de otros “invertidos” que aparecieron en los Archivos no pretendían contribuir a la naciente “cultura de la celebridad” sino a la reafirmación de una secular cultura del estigma. Según apuntan Ciancio y Gabriele (2012, p. 41), “las fotografías dedicadas al doctor, imágenes firmadas como lo haría una diva con un autógrafo […] sugieren más bien un juego de teatralidad y fabulación que se vuelve perturbador del dispositivo, un devenir anárquico de la arkhé, que ciertamente contradice la pretensión del código aséptico y cientificista del archivo”. Esta sería la verdadera relevancia de la acción de Luís D. / Culpiano Álvarez / “La Bella Otero”: fascinar interesadamente a uno de los directores de los Archivos de Psiquiatría y Criminología Aplicadas a las Ciencias Afines… (Mailhe, 2016) para que su libro en cartera sirviera como catapulta a la fama fue el revulsivo para ofrecerle un trozo de su arte, de su ficción, de su vida.
Que no obtuvo el éxito esperado, aunque sí una modesta celebridad porteña, no exenta de delitos y penas, alegrías y amarguras, ya lo he constatado al citar su aparición huidiza en la crónica de Fray Mocho publicada en 1912. Que los biempensantes siguieron creyendo que “las anomalías morales […] constituyen el núcleo mental mórbido de los invertidos”, de sus biografías y autobiografías, también. La vida sigue: una breve nota anónima, titulada “Una dama viajera”, publicada en la sección policial del diario Crítica, fechada el 16 de agosto de 1915, brinda una buena pista del derrotero posterior de nuestra protagonista (y de las curiosas derivas de su archivo, uno de los primeros de la disidencia sexo-genérica en la región):
Mañana posiblemente partirá para las pintorescas regiones de Ushuaia la simpática dama Juan Gómez o Gutiérrez o Ulpiano Luis Álvarez alias “La Bella Otero” o “La Juanita” a quien la Exc. Cámara en lo Criminal y Correccional acaba de acordarle una beca por un año para continuar sus estudios de ano…logía femenina.Deseámosle una próspera permanencia. (Anónimo, 1915, s.p.)
3. Apéndice documental: la autobiografía de “La Bella Otero”
A continuación, edito, con apenas algunas correcciones, el texto publicado en Archivos de Criminología, Medicina Legal y Psiquiatría, II (1903), pp. 492-496. En las pp. 493 y 494 aparecen las tres fotografías de “La Bella Otero”.
Primera parte: “La inversión sexual adquirida. Tipo profesional: un invertido comerciante. Clínica del Dr. Francisco de Veyga. Profesor de Medicina Legal”
Los casos, ya numerosos, de inversión sexual adquirida, estudiados en los Archivos de Psiquiatría y Criminología, merecen aumentarse con el que forma objeto de la presente observación, verdaderamente característico por varios conceptos.
Además, el sujeto ha accedido a darnos una breve noticia autobiográfica, que deja traslucir, de manera muy significativa, la psicología propia de estos sujetos, evidenciando que la vanidad y la mentira se combinan en fuertes proporciones con las anomalías morales que constituyen el núcleo mental mórbido de los invertidos.
Luis D... nació en Madrid, en el año 1880. De familia modesta, no pudo recibir educación esmerada ni cultivar su mediocre inteligencia nativa. Frecuentó escuelas del Estado desde los 7 años hasta los 13, aunque sin descollar por su dedicación al estudio ni por su buena conducta. Allí fue objeto de los primeros tocamientos deshonestos pretendiendo fornicarle algunos de sus condiscípulos; pero resistió valientemente la agresión. Recién a la edad de 10 años fue desflorado a retro; según sus referencias, ocurrió el hecho en la forma siguiente.
Un vecino de su casa, joven de 19 años, que vendía manzanilla en una taberna próxima a la Puerta del Sol, en Madrid, demostróle durante algunas semanas particular afecto, acariciando a menudo sus nalgas y regalándole de comestibles y bebidas, con aparente desinterés. Una tarde de verano el seductor le invitó a dormir juntos la siesta; aceptado que hubo el ofrecimiento, su amigo dio en colmarle de besos y caricias, que él secundaba inconscientemente. No duraron media hora los prolegómenos: el amable garzón acomodó su pubis frente a las nalgas de la víctima y, poco a poco, le desfloró, iniciándole en la pederastia pasiva.
Refiere L. D. que la primera impresión fue desagradable; pero instado por su amigo, cuya prodigalidad le encantaba, consintió en repetir el acto. En pocas semanas acabó L. D. por encontrar agradable la fornicación homosexual.
Un enojo con su primer amante le indujo a reemplazarlo, tarea poco difícil en su medio. Desde entonces se ha dedicado, sin intermitencias, a la pederastia, que de tres años a esta parte ejerce profesionalmente.
Es un sujeto de baja estatura; su constitución física es buena, temperamento inestable, carácter tornadizo e infantil, siendo más que discreto su actual estado de nutrición. Ha ejercido la profesión de mucamo durante varios años, abandonándola para entregarse de lleno al meretricio homosexual, que le produce lo necesario para vivir; desde entonces ha adoptado el nombre de “La Bella Otero”, la célebre cocota parisiense, de la que pretende ser rival.
En su constitución física merece señalarse la excesiva pequeñez de sus órganos sexuales, atribuida por el interesado a la más absoluta castidad; no conoce el coito con mujeres ni ha practicado la pederastia activa. Su escaso sistema piloso parece cohonestar su afeminamiento psíquico, así como su pie pequeño y la ausencia de bigote.
Su vida borrascosa le ha hecho incurrir en percances judiciales poco propicios a su reputación; innumerables veces ha visitado las comisarías de esta capital por desorden y escándalo, motivados con frecuencia por su costumbre de salir a la calle vestido de mujer. Ha sido pensionista de la Penitenciaria Nacional durante 6 meses, procesado por hurto.
Además de ejercer la pederastia pasiva, practica el onanismo sobre sus clientes y no desdeña el ejercicio del coito bucal; entre sus congéneres es alabado por esta última “habilidad”. Por todo ello consigue tener buenas entradas, dándose una vida relativamente cómoda.
Solo por excepción usa traje varonil, prefiriendo la indumentaria femenina que usa con desenfado y hasta con elegancia. Sale poco de su casa y, por lo general, en carruaje, para evitar incidentes callejeros molestos que le sería imposible esquivar, dada su relativa notoriedad entre los aficionados al género.
Contra el gusto dominante entre los demás invertidos, prefiere hombres de edad a los jóvenes; explica su gusto porque los viejos prolongan el coito y le pagan puntualmente, mientras que los jóvenes lo practican rápidamente, y en lugar de pagar le exigen dinero o lo maltratan. Entre los viejos prefiere los “barrigones y peludos”; barrigones porque la intromisión del pene es menor y toda la excitación se localiza en el esfínter; peludos porque le producen gratas cosquillas en la espalda y las regiones glúteas.
Dice que el coito anal le provoca sensaciones sumamente voluptuosas; cuando lo practica con personas que le son simpáticas no defeca, para no desprenderse del esperma, cuya retención cree le conserva las ilusiones sexuales relacionadas con el acto realizado.
Carece del sentimiento de la propiedad privada; y así como no siente escrúpulos ante la ajena, distribuye sus entradas entre sus congéneres, sin reparar en la cantidad que da ni en la persona que la recibe.
Su psicología mórbida, combinación curiosa de vanidad, mentira e ideas sexuales paranoides, revélase en la siguiente página, que nos entregó como autobiografía, junto con los retratos anexos, sin disimular mucho su deseo de figurar como caso clínico en el libro que preparamos sobre los invertidos sexuales.
Segunda parte: “Autobiografía”
He nacido en Madrid, en el año de 1880. Siempre me he creído mujer, y por eso uso vestido de mujer. Me casé en Sevilla y tuve dos hijos. El varón tiene 16 años y sigue la carrera militar en París. La niñita tiene 15 y se educa en el “Sacre-Coeur” de Buenos Aires. Son muy bonitos, parecidos a su papá.
Mi esposo ha muerto y soy viuda. A veces quiero morir, cuando me acuerdo de él. Buscaría los fósforos o el carbón para matarme, pero esos suicidios me parecen propios de gente baja. Como me gustan las flores, me parece que sería delicioso morir asfixiada por perfumes.
Otras ocasiones me gustaría tomar el hábito de monja carmelita, porque soy devota de Santa Teresa de Jesús, lo mismo que todas las mujeres aristocráticas. Pero como no soy capaz de renunciar a los placeres del mundo, me quedo en mi casa a trabajar, haciendo costuras y bordados para dar a los pobres.
Soy una mujer que me gusta mucho el placer y por eso lo acepto bajo todas sus fases. Algunos dicen que por todo esto soy muy viciosa, pero yo les he escrito el siguiente verso, que se lo digo siempre a todos:
Del Buen Retiro a la Alameda
los gustos locos me vengo a hacer.
Muchachos míos ténganlo tieso
que con la mano gusto os daré.
Con paragüitas y cascabeles
y hasta con guante yo os las haré,
y si tú quieres, chinito mío,
por darte gusto la embocaré.
Si con la boca yo te incomodo
y por la espalda me quieres dar,
no tengas miedo, chinito mío,
no tengo pliegues ya por detrás.
Si con la boca yo te incomodo
y por atrás me quieres amar,
no tengas miedo, chinito mío,
que pronto mucho vas a gozar.
He estado en París, donde bailé en los cafés-conciertos dándole mucha envidia a otra mujer que usa mi mismo nombre para pasar por mí.
Muchos hombres jóvenes suelen ser descorteses conmigo. Pero ha de ser de gana de estar conmigo, y ¿por qué no lo consiguen? Porque no puedo atender a todos mis adoradores.
No quiero tener más hijos, pues me han hecho sufrir mucho los dolores del parto, aunque me asistieron mis amigas “Magda” y “Lucía”, que no entienden de parto, porque nunca han estado embarazadas, porque están enfermas de los ovarios.
Me subyuga pasear en Palermo, porque el pasto es más estimulante para el amor que la mullida cama.
Esta es mi historia, y tengo el honor de regalarle al doctor Veyga algunos retratos con mi dedicatoria.
La Bella Otero
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Recepción: 01 noviembre 2025
Aprobación: 20 diciembre 2025
Publicación: 01 marzo 2026