DES Descentrada, vol. 10, nº 1, e294, marzo - agosto 2026. ISSN 2545-7284
Universidad Nacional de La Plata
Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación
Centro Interdisciplinario de Investigaciones en Género (CInIG)

Intervenciones polémicas

De indias, villeras y caras pálidas. Feminismo desde el cuerpo y el territorio

María Karina Valobra

Red de Docentes, Familias y Organizaciones del Bajo Flores, Argentina
Cita recomendada: Valobra, M. K. (2026). De indias, villeras y caras pálidas. Feminismo desde el cuerpo y el territorio. Descentrada, 10(1), e294. https://doi.org/10.24215/25457284e294

Resumen: Me propongo ensayar algunas reflexiones sobre las semejanzas, continuidades y rupturas entre las luchas de los feminismos populares de la Red de Docentes, Familias y Organizaciones del Bajo Flores en una villa de la Ciudad de Buenos Aires y las planteadas en el 17º Encuentro de Naciones y Pueblos Originarios, en Rosario, en agosto de 2025.

Palabras clave: Feminismo, Pueblos Originarios, Movimiento Villero, Argentina.

About indians, women of shanty town, and pale faces. Feminism from the body and the territory

Abstract: I propose to reflect about the similarities, continuities, and ruptures between the struggles of popular feminisms of the Network of Teachers, Families, and Organizations of Bajo Flores in a shanty town in Buenos Aires and those raised at the 17th Meeting of Indigenous Nations and Peoples, in Rosario, in August 2025.

Keywords: Feminism, Indigenous Peoples, Shanty Town Movement, Argentina.

1. Introducción

…que se hagan feminismos, que se hagan desde el cuerpo.
Los feminismos que no enfrentan al patriarcado son los que no se hacen desde el cuerpo.
Las opresiones no interseccionan.
Se estrellan contra un cuerpo
(Guzmán Arroyo, 2024, s.p).

Me propongo reflexionar sobre las continuidades, similitudes y rupturas de la experiencia feminista territorial de la Red de Docentes, Familias y Organizaciones del Bajo Flores –la Red–, y las experiencias de pueblos originarios, expresadas en el 17º Encuentro de Naciones y Pueblos Originarios en Rosario (2025) –el 17o Encuentro–; el segundo en los que participó la Red. Ambas experiencias se plantean, tanto a partir de la lucha por el territorio y sus proyecciones en la división sexual de los espacios, poderes y violencias, como de la potencia de la construcción comunitaria desde lo heterogéneo de la vida.

2. Acta de nacimiento

Nací en un conventillo del Bajo Flores. La movilidad social ascendente, lograda por la mera suerte y no por el mérito ni el trabajo, aunque arduo, de mi vieja y mi abuela, nos sacó de ese arrabal del mundo. Estudié abogacía y, por caminos difíciles de explicar, volví al Bajo hace 25 años a brindar servicio jurídico, con la convicción de que el acceso a la justicia en la sociedad de clases le estaba vedado a los pobres y que era necesario construir una justicia popular que diera respuesta a sus necesidades.

Allí donde el patriarcado nos crio y el capitalismo nos amontonó a mujeres militantes, referentas, originarias, migrantas, vecinas, cocineras, enfermeras, promotoras de salud, educación o género de movimientos sociales, docentes, trabajadoras, madres buscadoras de hijas o huérfanas de hijos por gatillo fácil y enfrentamientos, construimos una Red.

La Red comenzó a tejerse en 2015 ante las ausencias de adolescentes de sus casas en el Barrio Padre Ricciardelli (ex Villa 1-11-14). Las madres acudían a las escuelas en busca de apoyo ante la desidia estatal en su búsqueda. Todas las pibas que buscamos, aparecieron.

En estos diez años, colectivamente fuimos caracterizando que las desapariciones se relacionan con violencias espacial y sexualmente distribuidas en el barrio. Desaparecen adolescentes mujeres, pobres, migrantes, socializadas en la precariedad y según modelos que las excluyen, a la sombra de un poder narco-estatal que desplaza fronteras reales y simbólicas. A ese modelo de socialización corresponde otro aplicado a los adolescentes, vulnerables a la cárcel, la violencia policial y la muerte en enfrentamientos que se producen en zonas liberadas por la policía. Lejos de atribuirlo a la ausencia estatal, lo entendemos como una presencia organizada para legitimar violencia policial y políticas antiinmigrantes, bajo una falsa guerra contra el narco.

Con todo, el nuestro no es territorio devastado de gente rota, sino comunidad que –sin romantizaciones– sobrevive por su espíritu, compromiso con la vida y el mutualismo. Durante la pandemia, ante el retiro de los dispositivos estatales del barrio, la Red realizó un relevamiento que alcanzó a más de mil familias. Esto fue logrado con un voluntariado de cincuenta personas –muchas vecinas– y funcionó como un laboratorio de tejido comunitario y desobediencia popular: en tiempos de “quedarse en casa”, estuvimos en primera línea del acompañamiento a la comunidad y exigibilidad al Estado. Con esos datos articulamos solidaridades, distribuimos recursos, presentamos propuestas y organizamos ollas populares y protestas contra el Gobierno de la Ciudad. De esa experiencia surgió un grupo de mujeres, en su mayoría migrantes, que nos seguimos reuniendo en un bachillerato popular dentro de la villa, donde reivindicamos el derecho al ocio, al encuentro, a la cultura y procuramos nuestra autoformación política, además de acompañamiento frente a las violencias.

De esta composición heterogénea de la Red, feminismo y buen vivir fueron articulándose como emergentes con los que construimos, desde el territorio, una enunciación propia, y encontramos la necesidad de escalar nuestra participación política, tanto en los Encuentros de Mujeres como en los Encuentros de Pueblos Originarios.

3. “El espíritu nos trajo hasta aquí” (Participante 1, 2025)

Las luchas indígenas, las luchas feministas y las luchas medioambientales son una
pesadilla para los Tratados de Libre Comercio que se intentan imponer a rajatabla en
todo el continente (...) Para bien o para mal, el asedio de la diversidad parece a
momentos estallar con “furia acumulada”
(Rivera Cusicanqui, 2018, p. 41).

Territorio y condiciones de vida son problemas centrales de los pueblos originarios y en nuestra agenda villera, directamente relacionados con las violencias. Uno de los temas de mayor preocupación en el 17º Encuentro fue la derogación, por decreto, de la Ley de Emergencia Territorial Indígena (Ley 26.160/2006) en diciembre de 2024. Con esta derogación se da vía libre a los desalojos de las comunidades y a la continuidad de la política de despojo y exterminio de los pueblos. El territorio, en la cosmovisión originaria, desafía las formas del pensamiento occidental y su enfoque eminentemente individualista de los derechos, ya que es inseparable de la vida, la espiritualidad y la política.

Los manifiestos de la Red son los documentos que leemos en las movilizaciones barriales (Caravanas) que impulsamos todos los 8 de marzo (8M), en el marco del paro global por el día Internacional de la Mujer Trabajadora. En ellos, se va exponiendo cómo territorio y ambiente fueron escalando en la elaboración colectiva y en el análisis de su proyección en la vida del barrio. Primero, hablábamos de cloacas, dengue y tuberculosis; luego, de urbanización y, actualmente, de ambiente, relacionándolo con las violencias territoriales. El servicio deficitario de agua, sobre todo en épocas de altas temperatura, o los incendios producidos por el precario tendido eléctrico o necesidad de calefaccionar, son constantes. Es común que las infancias de la 1-11-14 lleven marcado en su cuerpo los estragos de alguna tragedia doméstica, cuando no se carga con alguna muerte por el mismo motivo. Las enfermedades prevalentes están directamente relacionadas con el hábitat: respiratorias, reumatológicas, TBC. A esto, se suma el problema del acceso a la vivienda con el aumento sistemático del precio de alquileres y las condiciones abusivas que habilitan desalojos por fuera del derecho. También el avance de zonas narco produce desplazamientos forzados.

Juntas, comprendimos la división sexual del territorio y su impacto en la construcción subjetiva de las juventudes: los varones ranchan en la calle, expuestos a la violencia policial y a enfrentamientos entre bandas. La parte nueva del cementerio del Bajo es una sucesión de cruces con fotos de pibes de menos de 25 años. Las adolescentes no tienen lugar propio, asumen tareas domésticas y cuidados, trabajan en producción textil; encuentran en el celular sus fugas y se exponen a las violencias. Entendemos que la violencia ambiental de nuestro barrio es una decisión política vinculada con la violencia racista, capitalista y patriarcal.

¿Cómo hace una adolescente del Bajo para disfrutar su adolescencia en condiciones de cuidado, donde el cuidado no sea el encierro? ¿Cómo hace para volver de noche por pasillos escuetos, sin luz, desbordados de aguas cloacales, en manzanas a las que no entran taxis porque el GPS alerta “zona de peligro” y las líneas de colectivo van dejando de cubrir el servicio? ¿Dónde se juntarían con amistades, si las viviendas multifamiliares alojan por habitación a cuatro o cinco personas y, muchas veces, son también lugar de trabajo? Por eso exigimos urbanización participativa, porque también tenemos derecho a la ciudad, a un ambiente sano y a no vivir entre las fronteras invisibles (Red, 2025a).

Este enfoque ambiental, que nos permite transitar del derecho individual al derecho comunal, se lo debemos a compañeras originarias que nos invitan a pensar sobre nuestro buen vivir, venciendo cierto prejuicio según el cual solo puede hablarse del buen vivir en el marco de comunidades originarias.1 La idea del buen vivir fue permeando nuestros discursos sobre el derecho al ocio, que costaba instalar desde el lenguaje psi del deseo, pero que era necesario para enfrentar, tanto el prejuicio sobre las pibas, de que se “rajaban para irse de joda” rehuyendo al mandato de domesticidad, como el estigma de ociosidad rentada (“planeras”)2 con el que suele señalarse las mujeres villeras. Entretejimos el buen vivir con el derecho al descanso, al disfrute, al reconocimiento de las tareas de cuidado, a la cultura, a la fiesta (Red, 2025a).

Como fue dicho en el 17º Encuentro, con “el espíritu asfixiado, sin lugar donde expandirse, donde danzar, donde criar, cultivar, desarrollar las ceremonias” (Participante 2, 2025), las pibas son objeto de consumo y, como se dijo en un encuentro de la Red, el consumo, “es una herramienta de opresión colonial” (Participante 1, 2023). Encerradas, las pibas trazan una fuga de las privaciones que, a veces, las lleva a otro encierro: un tipo que las triplica en edad es quien les ofrece “libertad” del otro lado del teléfono o, así como expulsan de su casa a una familia para ocuparla –por considerar estratégica su ubicación–, toman a las pibas como objeto de lujo. Otras veces, las adolescentes buscan el estatus que les da ingresar a las casas de los narcos como única alternativa que materializa un deseo.

El vínculo entre las desapariciones, los narcos, la circulación de drogas, ciertos boliches (de adentro y de afuera), la connivencia del Estado. Pobreza, juventud, machismo, consumo, abuso y explotación, vidas precarizadas, vidas descartables. Ese es el ideal que esta “inteligencia política estatal” propone para la socialización de las pibas de nuestros barrios (Red, 2025b).

Siguiendo a Adriana Guzmán Arroyo (2024), la articulación del patriarcado, el capitalismo y el extractivismo se aprende sobre cuerpos feminizados y se traslada a la naturaleza. En nuestro territorio esa articulación se produce sobre el cuerpo de las adolescentes de catorce o quince años que agencian su deseo en un contexto que solo les ofrece limitaciones.

Tanto en el barrio como en el 17º Encuentro, se problematizó la vergüenza sobre la propia identidad de las adolescencias de los pueblos originarios, y las dificultades que ello trae en el autoreconocimiento. Sin embargo, a la par de la preocupación expresada, eran jóvenes quienes coordinaban las comisiones del 17º Encuentro, con conciencia y pertenencia admirables. Su protagonismo en la vida comunal, espiritual y política es una herramienta fundamental para la preservación de su trama viva. En el barrio, encontramos falta de alternativas (por fuera de la escuela) para ese despliegue.

4. “Ojalá de este encuentro surja una voz que nos indique el sendero” (Participante 3, 2025)

Ciertas palabras del castellano siempre se erigieron ante mí como preguntas abiertas
sobre mi posición respecto de ellas, sobre mi identidad tejida en una nueva red léxica y
sus implicaciones. “Indígena” y “feminismo” han sido dos palabras que seguían
apareciendo siempre cómo elementos léxicos incómodos (Aguilar Gil, 2021, p. 27).

Los lenguajes son otro punto de observación común de estas dos experiencias. En el 17º Encuentro se consideró que faltaban conceptos claves como buen vivir, espiritualidad, interculturalidad y se había optado por un lenguaje universalista. El debate se dio entre la urgencia del reconocimiento de las necesidades situadas y la de integrarse a un contexto internacional, llevando la cosmovisión originaria según la cual somos una/o con la tierra. Sin territorio no hay espiritualidad, no hay lengua, no hay danza. De nuestros territorios quieren el litio, el agua, los bosques. “Si no sabemos qué es el mundo y cómo estamos ubicados en esa disputa, al guion le va a faltar nuestra visión espiritual. Necesitamos unirnos para dar esa visión al mundo” (Participante 4, 2025).

Escuché decir a juristas progresistas que el problema de los pueblos originarios era que todos son caciques. Según un mapa que circulaba en esa reunión, había, aproximadamente, 40 pueblos en Argentina (el censo 2022 relevó 58) y salvo la experiencia opresiva, nada llevaba a pensar como obvia la unificación de sus representaciones o el modo en que consideraban relacionarse con el Estado. Los pueblos originarios no comparten geografía, ni organización política, ni lengua. Su unión no está destinada a facilitarle al Estado la interlocución, ante el tumulto ininteligible (“demasiados caciques”), sino para ofrecer al mundo una visión política espiritual heterogénea y diversa.

Así, con la diversidad de feminismos, dentro de la Red surgieron dudas sobre la representatividad del movimiento y la posibilidad de sostener la unidad con ciertos feminismos. Muchas habíamos sido críticas del funcionamiento del Ministerio de las Mujeres y de un feminismo tributario de sus inoperancias, que afectaron los territorios por el desencanto con una institucionalidad feminista, ergo, con el feminismo, tan difícil de territorializar. Rivera Cusicanqui advierte sobre el uso instrumental de emblemas, gestos y supuestas concepciones indígenas para conformar “los nuevos léxicos de la dominación”, donde “el Estado travestido se apropió de la plusvalía simbólica” de los pueblos originarios y “a la vez niega la condición de sujetxs a las abigarradas multitudes que reclaman un ‘vivir bien’ de veras y no su simulacro” (2018, p. 62). Esta es una crítica que también interpela a los feminismos populares cuando son absorbidos por la retórica estatal. Como señala Aguilar Gil (2021), nuestra relación con el feminismo y los pueblos originarios sigue siendo una cuestión abierta, por las distancias con algunas de sus expresiones y las vicisitudes del auto reconocimiento.

En el 17º Encuentro no se resolvió si situacionismo o universalismo, sino que se planteó la necesidad de situar los problemas y la de aliarse con otras luchas. No se trata de adoptar el lenguaje universalista –colonizador–, sino de “conocer nuestra espiritualidad (...) Aportar a la política pero desde la mirada indígena” (Participante 5, 2025). En la Red también debatimos nuestra relación con partidos políticos, la academia y la prensa, frente al extractivismo político, que entendemos como intento de apropiación de lo construido “para la foto”, como objeto de estudio (no como sujetos) o para exhibir una víctima despojada de su comunidad. Sin despolitizar, procuramos que la Red no repita consignas partidarias, sino que exprese una política situada. Hay una escala territorial y una global, que abordamos a nuestra escala y pensamiento móvil, atascado o consolidado por puntos en disputa. Como señala Adriana Guzmán (2024, s.p.) se trata de sostener la lucha antipatriarcal “desde el cuerpo en el territorio”, ya que reproducir consignas partidarias nos debilita.

Entre el feminismo de vanguardia –que promete atajos pero fracasa– y el feminismo territorial que sedimenta y construye Red –pero demora–; la convivencia de enfoques de derecho liberal, feministas y del buen vivir; las consignas situadas y universalistas; los lenguajes populares y disciplinares, y la diversidad de lenguas, se produce un abigarramiento que me remite al término aymara ch’ixi: “ese gris jaspeado, producto de la yuxtaposición de pequeños puntos de colores opuestos que se confunden para la percepción sin nunca mezclarse del todo” (Rivera Cusicanqui, 2010, p. 70). Una forma de convivencia de contrarios, sin fusión ni síntesis, donde indiferenciación y opuestos permanecen como potencia creativa.

Desde los inicios de la Red, una comunicación propia se consideró estratégica; los manifiestos del 8M muestran en el modo de expresar los problemas del territorio, año tras año, la evolución de nuestra construcción. Al principio, escribíamos quienes “sabíamos”, reproduciendo la lógica del feminismo ilustrado que explica a las mujeres populares sus problemas. Sin embargo, la Red, integrada por quienes viven y caminan el territorio, encontró su fuerza y singularidad en la voz de referentas territoriales, las que habitan los problemas y las palabras que los definen, que tienen el saber de las prácticas populares con ese “margen de maniobra que permite manejar múltiples nichos ecológicos, jugar a varios bandos, a varias cartas, pero sin perder el eje” (Rivera Cusicanqui, 2018, p. 90). En la Asamblea registramos diagnósticos colectivos, palabras, calles e hitos que se decodifican en derechos y análisis situados –sociales, educativos, sanitarios y políticos–. Este método es estratégico frente al extractivismo, las consignas gerenciales y el vanguardismo.

Algunas defendían hablar como lo hace la comunidad, otras priorizaban la visibilidad del sexismo en el lenguaje. Aceptamos las mixturas, entendiendo que el uso de la “e” no nos hace más feministas y que el patrullaje lingüístico puede reforzar miradas de clase. Sin embargo, cuando el Gobierno de la Ciudad prohibió el lenguaje inclusivo, coincidimos en su uso político: “Compañeras, compañeres y compañeros. Así, con todas las vocales que haga falta para nombrarnos y reconocernos…” (Red, 2025a).

Según Aguilar Gil (2021), esos léxicos incómodos están imbricados por el contexto social en el que se expresan. No encontramos una voz que nos guíe, ni siquiera para saber qué buscan las pibas, por dónde andan cuando desaparecen, quién las aloja, por qué reaparecen, pero sí encontramos en la polifonía barrial agenciamientos posibles de las mujeres frente a viejas y arraigadas subordinaciones coloniales, patriarcales, patronales, terratenientes, punteriles, que se encuentran con poderes capilares del gerenciamiento político, policial, empresarial, narco que –como dice Rivera Cusicanqui (2018)– “preservan deliberadamente restos no digeridos del pasado y los injertan en nuevas formas de dominación” (p. 44).

5. “¿Qué hacemos con nuestros problemas situados?” (Participante 6, 2025)

En el “tiempo de las cosas pequeñas”, quizás sea hora de volver la mirada sobre la
minucia de los detalles de la existencia, para hallar en ellos las pautas de conducta que
nos ayuden a enfrentar los desafíos de esta hora de crisis (Rivera Cusicanqui, 2018, p.35).

La pregunta tuvo una respuesta en el 17º Encuentro: primero saber cuáles son. Luego, darlos a conocer. Cartografiar los conflictos, señalizar sitios sagrados, luchas, unificar listas de defensores y defensoras originarios asesinados. Esa cartografía debe ser trazada por los pueblos, porque lo que tenemos es una realidad de territorios articulados por paisajes “que convocan a prácticas, individuales y colectivas, en las que se hace visible la huella de memorias sociales en torno a los bienes comunes.” (Rivera Cusicanqui, 2018, p. 32).

Cartografiar no es hacer un mapa: “un mapa es el relato de los vencedores, por eso estos mapas son parte del pensamiento colonial” (Participante 2, 2023). Las cartografías son móviles, con lugares espirituales, piedras madre, flujos, zonas inestables de conflicto y fronteras materiales y simbólicas. La caravana del 8M,3 que la Red convoca desde hace diez años, es una cartografía performática del conflicto en el territorio; evidencia las ausencias de las pibas frente al sentido común que las oculta: “se fue con el noviecito”, “está perdida”, y donde “estar perdida” significa abandonarla a su suerte por elegir “caminar la Bolívar” (calle de gran movimiento comercial y boliches dentro de la Villa). Con la caravana ejercemos nuestro derecho a caminar por el barrio, en un acuerpamiento que cada año traza su recorrido según el emergente: el recorte de raciones de los comedores, el altar de una niña asesinada, o los abusos en los boliches de la Bolívar. De ahí nuestro lema: “Ni encerradas ni desaparecidas, con vida y derechos todas las pibas”.

Para muchas mujeres del Bajo, marchar al centro o hacer paro no es posible: en las economías populares no hay patrones para hacerles paro. Por eso, la caravana es la forma situada de participar del Paro Internacional de Mujeres: stencil, bailes, sikuris, ceremonias oficiadas por compañeras originarias que nos dan fuerza para la lucha. Se fueron sumando las banderas wiphala, mapuche y palestina. Acordamos ir tras la bandera de la Red, pero sin banderas partidarias –sí con pecheras o viceras que nos identifican–. “Mujer, escucha, únete a la lucha” no es un canto abstracto, con él arengamos a las que nos miran desde las ventanas o puestos de venta. Recibimos sonrisas, apoyos, consultas. En las postas se dicen discursos en español, aymara y quechua. No siempre se traduce y ese ejercicio de escucha en silencio de lo que para muchas es ininteligible, es de nuestros momentos más victoriosos, expresión de nuestra diversidad y recorrido común:

(…) cuando nos unimos, somos ejemplo de resistencia. Como las de nuestras lideresas indígenas, nuestras defensoras de la tierra y el agua, nuestras madres y abuelas de pañuelo blanco, nuestra marea feminista y pibas de pañuelo verde, nuestro orgullo LGBTI, nuestras referentas del movimiento obrero y piqueteras, nuestras compañeras al frente de comedores (Red, 2025a).

6. “Nuestro idioma no lo entiende la IA, ese es nuestro escape” (Participante 7, 2025)

Aprender a sentir la indignación puede ser un camino fructífero, (...) para superar los
devaneos teóricos (Guzmán Arroyo, 2024, s.p.).

El diálogo entre feminismo territorial y pueblos originarios se da en presente continuo; nos movemos en varios mundos al mismo tiempo y construimos esa “brújula ética” (Rivera Cusicanqui, 2018, p. 90) de lo que puede o no hacerse. Encontramos en el lenguaje, los bagajes y las maniobras de las referentas territoriales, una guía que, sin constituirse en palabra sagrada, nos da el material (el hilo) con el que tejemos la Red.

Apropiarnos del feminismo desde el territorio y articularlo con las luchas y epistemologías de pueblos originarios potenció nuestras conexiones. Aportó en el diálogo, las filosofías y espiritualidades compartidas, donde las celebraciones y las resistencias van de la mano con la acción política. Son nuestras herramientas políticas para subvertir las estructuras que sustentan opresiones, con el riesgo siempre presente de caer en los ríos de la folclorización y la esencialización (Aguilar Gil, 2021). Nos permitimos cuestionar ciertos feminismos, pero preocupadas por no sucumbir a las capturas de quienes utilizan la crítica para deslegitimar reclamos del movimiento feminista (Rivera Cusicanqui, 2018).

Para no perder las cosas vivas que nos animan, en el mes de junio celebramos el Inti Raymi y luego concurrimos a la Fogata de San Juan, que suelen superponerse. Como nos explicó Adriana Guzmán Arroyo (2024), no existe la palabra esperanza en el aymara. Sin embargo, no poder nombrar la esperanza no es una justificación para no resistir.

Fuentes testimoniales utilizados

Participante 1 (2023), Registro de Encuentro de Viernes, espacio de mujeres de la Red de Docentes Familias y Organizaciones del Bajo Flores.

Participante 2 (2023), Registro de Encuentro de Viernes, espacio de mujeres de la Red de Docentes Familias y Organizaciones del Bajo Flores.

Participante 1 (2025). Registro del Taller de Genocidio, espiritualidad e identidad, 17º Encuentro de Naciones y Pueblos Originarios, 15 a 18 de agosto, Facultad de Medicina, Rosario.

Participante 2 (2025). Registro del Taller de Genocidio, espiritualidad e identidad, 17º Encuentro de Naciones y Pueblos Originarios, 15 a 18 de agosto, Facultad de Medicina, Rosario.

Participante 3 (2025). Registro del Taller de Genocidio, espiritualidad e identidad, 17º Encuentro de Naciones y Pueblos Originarios, 15 a 18 de agosto, Facultad de Medicina, Rosario.

Participante 4 (2025). Registro del Taller de Genocidio, espiritualidad e identidad, 17º Encuentro de Naciones y Pueblos Originarios, 15 a 18 de agosto, Facultad de Medicina, Rosario.

Participante 5 (2025). Registro del Taller de Genocidio, espiritualidad e identidad, 17º Encuentro de Naciones y Pueblos Originarios, 15 a 18 de agosto, Facultad de Medicina, Rosario.

Participante 6 (2025). Registro del Taller de Genocidio, espiritualidad e identidad, 17º Encuentro de Naciones y Pueblos Originarios, 15 a 18 de agosto, Facultad de Medicina, Rosario.

Participante 7 (2025). Registro del Taller de Genocidio, espiritualidad e identidad, 17º Encuentro de Naciones y Pueblos Originarios, 15 a 18 de agosto, Facultad de Medicina, Rosario.

Red de Docentes Familias y Organizaciones del Bajo Flores (2025a). Manifiesto 8M, marzo.

Red de Docentes Familias y Organizaciones del Bajo Flores (2025b). Comunicado Triple Femicidio, septiembre.

Referencias bibliográficas

Aguilar Gil, Y. (2021). La sangre, la lengua y el apellido. Mujeres indígenas y estados nacionales. En G. Jáuregui (Comp.). La sangre, la lengua y el apellido (pp. 25-39). Tsunami, Sexto piso.

Guzmán Arroyo, A. (2024). Conferencia de Cierre. VII Jornadas CInIG de Estudios de Género y Feminismos y Vº Congreso Internacional de Identidades, Desafíos Feministas, logros confines y estrategias, Centro Interdisciplinario de Investigaciones en Género, Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, Universidad Nacional de La Plata, La Plata [Registro propio].

Rivera Cusicanqui, S. (2010). Ch’ixinakax utxiwa Una reflexión sobre prácticas y discursos descolonizadores. Tinta y Limón.

Rivera Cusicanqui, S. (2018). Un mundo ch’ixi es posible. Ensayos desde un presente en crisis. Tinta Limón Ediciones.

Notas

1 El buen vivir es un concepto político en el que confluyen diversas cosmovisiones originarias de América para enfrentar el modelo de “desarrollo” capitalista. En un sentido muy amplio, considera que la comunidad es una forma de vida que comparten los pueblos originarios (que se contrapone a la visión individualista) y contempla las relaciones de reciprocidad que se dan en ella, en unidad con la naturaleza; por eso el territorio resulta tan importante desde esta perspectiva.
2 Modo peyorativo de llamar a las mujeres beneficiarias de planes sociales, tildándolas de cobrar dinero del Estado por no hacer nada.
3 Las Caravanas del 8M son movilizaciones dentro del barrio, organizadas por la Red. En ellas se autoconvocan referentas de los espacios comunitarios y movimientos político sociales y de atención a las mujeres. En el recorrido se hacen postas donde las referentas salen a contar qué se hace en su espacio, cuáles son los problemas que las afectan y los modos de enfrentarlos que han encontrado. Al final se lee un manifiesto elaborado colectivamente en asamblea y encuentros de organización previos a la fecha. Originalmente se hacía foco en las adolescentes que desaparecían. Con el tiempo, se fue ampliando el análisis del contexto vinculado a esas desapariciones.

Recepción: 25 octubre 2025

Aprobación: 02 febrero 2026

Publicación: 01 marzo 2026



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